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Charango

Ernesto Cavour y su charango(In traduzione) Il charango è la creatura della "vihuela" (vicolo) spagnola, arrivata all'America mora dalle mani dei conquistatori durante il secolo XVI, soprattutto all'apogeo delle mine d'argento del leggendario Cerro Rico di Potosí, dove i cavalieri da cappa ed spada, i truffoni, bohème e trovatori offrivano serenate notturne alla donne di nobile alcurnia.

Passando il tempo, come un aventuriero fallito nella ricerca di fama e fortuna, la "vihuela" venne abbandonata alla sua sorte finché cade nelle mani dei meticci ed indigeni i quali non dubbitano in trasformarla nel charango, a forza di vestirla e rivestirla, come dice Ernesto Cavour, «con legni ottenuti da casse di munizioni che arrivavano alle mine di Potosí, o di lattine d'alcol, e perché non da "totumas" di sapore a "chicha" e delusioni». Acquisisce dopo una personalità particolare, tanto nella forma come nel suono, e se convertí nell'espressione culturale più autentica del sentimento nativo.

Così alcuni non lo credano ne l'accettino, la culla del charango è nell'altipiano boliviano dove la sua voce soffia come il vento tra la paglia e le sue melodie si sgranano come sassolini tra le rocce della cordigliera andina. Non è estraneo che un charango ben costruito sia un vero gioiello d'arte e uno strumento che, pulsando le sue corde di trippa, metallo o plastico, emetta un suono manantiale, coì puro e armonioso che non c'` voce nel mondo che lo superi o eguale.

Il "charanguero" boliviano, che si dona al suo mestiere, dandogli il largo alla sua immaginazione, cerca che questo oggetto di cinque corde doppie, cassa a forma di volta e siluetta femmenile, più sonora che il mandolino, la tiorba, la balalaika e altri strumenti che lo invidano per la sua varietà e sonorità. Come si fosse poco, dagli anni trenta del XX secolo, il maestro Mauro Núñez, ispirato nei cordofoni da camara barocchi e sulla base di quattro misure di cordofoni tradizionali boliviani, diede nascimento a tutta una famiglia di charangos: soprano, tenore, baritorno e basso.

Il "charanguero", nel suo affanno di conservare la tradizione folclorica e la saggezza ancestrale, lavora con materiali adeguati, finché lo strumento, passo dopo passo, va prendendo forma nelle sue mani, con peculiarità propria dell'acerbo culturale boliviano, come sono i charangos kirkis, le cui casse di risonanza sono fatte dal caparazzone del "quirquincho", quell'animaletto irsuto che muore per l'arte e la musica. Non è casuale che il poeta Oscar Alfaro dica nei suoi versi: «Quando morì Don Quirquincho / le donò il suo corpo e anima / come prova d'affetto / all'indio della nostra razza / Lui lo raccolse nelle sue mani / e le diede nuova vita / in un corpo di charango / e un'anima di melodia ...».

Su cara hecha de naranjillo, cedro o sauce llorón, tiene una boquita redonda por donde ríe, canta, grita, llora y chilla, al compás del corazón de quien le hace vibrar las cuerdas acariciándole sus curvas. Así de bien se comporta el charango en las manos de Ernesto Cavour, quien, tratándolo con confianza y cariño, le dice: «papacito, wawita de pecho, llok’alla bandido, maestro pataiperro». Cavour sabe que este instrumento, atravesado por cuerdas de lado a lado, no es madera muerta, sino madera palpitante, por eso lo cuida más que a su vida, envolviéndolo en un aguayo, abrigándolo debajo del poncho o dejándolo en el estuche de cuero, no sólo para evitar que se malogre o se destemple, sino también para evitar que se enamore de otro dueño.

Allo stesso tempo sa che dominare un charango è più difficile che domare un potranco selvaggio. Non in vano dice: "Quanti penseranno che ti dominano, senza sospettare che tu domini noi". Ebbene sí, non è facile trattare con il charango, che inoltre è geloso e traditore con qui si azzarda a romperlo oltremodo come se si trattasse di un oggetto qualsiasi. Non signore! Siete informati, il charanguito, le cui corde comunicano le vibrazioni della sua anima è così autentico che soltanto canta e piange nelle mani di qui lo cerca con sincero affetto, più per sentimento che per fare il presuntuoso. Ay!, se il charanguito potesse parlare con voce umana ci racconterebbe pure, tra punteggiature e "rasgueos", le avventure e disavventure della sua vita.

Este virtuoso del charango, dueño de dúctiles manos y profunda emoción interpretativa, ha intentado demostrar en los mayores escenarios del mundo que el charango es algo más que un simple instrumento de acompañamiento.

De la conversación entre sus dedos y las cuerdas nacen huayños, khaluyos, carnavalitos, cuecas, trotes, bailecitos, ch’utunquis, pasacalles y un sinfín de dulces melodías que sólo este gigante de la música boliviana es capaz de arrancar de la boca del charango, siguiendo las pautas del maestro Mauro Núñez, ese notable musicólogo e instrumentista chuquisaqueño que aprendió a parir charango para luego conversar con ellos de igual a igual, con la humildad y la sencillez del indio que le dio vida y lo cuidó, ya sea en las buenas o en las malas, como a su hijo más pequeño y querido.

Con este mismo instrumento que le canta a la vida, la muerte, el amor y el desamor, este afamado charanguista, reconocido como un intérprete de infinitas posibilidades, imita los ruidos de la naturaleza y las voces de los animales. No es raro que su charango, afinado con oído de gato, emita el trino de los pájaros, el rebuzno de los asnos, el balido de las ovejas, el mugido de las vacas, el rugido de los leones, el relincho de los caballos, el pito de la locomotora, la sirena del barco, el silbido del viento y, a pedido de boca, hasta el gemido de la mujer amada.

El charanguero boliviano no se cansa de inventar instrumentos cada vez más deslumbrantes y sofisticados. La fantasía se le escapa por las manos y el amor a su oficio es dignificado por artistas como Cavour, quien, merced a su compromiso social, los carga como fusiles en bandolera allí donde lo requiere el público. Algunas veces, al ver a sus compatriotas desparramados por el mundo ancho y ajeno, derrama lágrimas al compás de su charango; otras veces, dispuesto a poner de manifiesto su espíritu crítico, actúa en escenarios donde su charango interpreta el clamor popular. Su presencia no pasa inadvertida, ni siquiera cuando las asambleas desembocan en el caos. Así ocurrió alguna vez, ni bien apareció en el escenario, donde las rechiflas estallaban apagando el discurso incendiario de los oradores, la multitud quedó suspendida en el silencio, como impactada por su presencia. Cavour no dijo esta boca es mía, pero con el charango en las manos, como el árbitro con el pito en la boca, puso fin a la chacota y le devolvió al silencio lo que es del silencio.

No cabe duda, este gurú de la música andina, que aprendió a conversar con el charango a los 12 años de edad y se ubicó con autoridad natural en la cumbre de los mejores ejecutores de instrumentos de cuerda, jamás dejará de sorprendernos con su sensibilidad y profesionalismo, pues no sólo es capaz de convertir en música todo lo que toca, sino también capaz de demostrar que un artista puede dar la vida por el arte, ofreciendo su corazón convertido en melodías.

Víctor Montoya

Estratto e tradotto da www.andes.missouri.edu/andes/comentario/VM_Cavour.html