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Cuando Italia apestaba No. 111 - 16 Diciembre 2009 |
Quando l'Italia puzzava No. 111 - 16 Dicembre 2009 |
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Las reacción de hoy a la "invación" de los "inciviles" extracomunitarios y las americanas respecto a nosotros, hace un siglo. La misma historia. Hay un grave problema che no se puede ignorar más: la inmigración. Es hora de decir basta, cerrar filas y cerrar las puertas. Esta gente con nostros no tiene nada que ver: adora un dios distinto del nuestro, habla un idioma distinto del nuestro, viste en modo distinto al nuestro. A menudo son verdaderos y propios selvajes. Cuando no criminales. O incluso terroristas. Es necesario pararlos en la frontera. Mejor, antes que partan de sus puertos. Y expatriar los indeseables, mandarlos a su casa. Los que se queden, en cambio, deben integrarse, no pueden venir aqui pensando de mantener usos y costumbres de un mundo que no nos pertenece. Quisieron venir aquí? Entonces deben adecuarse. Pontida 2009? No. New York 1909. Exactamente, hace un siglo, en la más grande metrópoli americana, en el centro del debate público, estaba la cuestión de los inmigrantes. Que desde el inicio del nuevo siglo estaban llegando por centenares de millares, al año. Legalmente, pero no siempre. El agosto pasado, día en el que entrò en vigor el proyecto de ley que hace de la clandestinidad un reato, propio en Pontida, en respuesta a quien recordaba los 136 inmigrantes italianos muertos en el desplome de una mina de carbón en Marcinelle, Bélgica, el Ministro para la reforma, Umberto Bossi, dijó: "Nosotros ibamos a trabajar, no a matar gente". Pero es una cuestión de percepción. Basta encontrar los reportajes de los periódicos y los comentarios de la policía de hace un siglo en New York para entender que la percepción de muchos newyorkeses no era para nada la sugerida por Bossi en Pontida. Para nada. Comenzamos leuendo un pasaje de un artículo publicado por la revista North American Review del entonces jefe de la policía, el generale Theodore Bingham: El 85% de los criminales newyorkeses son de origen "exótica [...] un quinto de ellos son italianos [...] chusma de miserables, bribones, ex detenidos y fugitivos". Las palabras del jefe de la policía eran muy pesadas. Tanto de provocar el desdeño de sus muchos conciudadanos y obligar al general Birgham a dar formalmente sus excusas. Era claro que aquellas palabras representaban su pensamiento, expresado, además, en modo claro en las declaraciones que hizo en ocasión de su nómina como jefe del Departamento de policía de New York: "Desde este momento, el objetivo de mi vida es el anodanar la Mano Negra y destruir los asquerosos criminales que vinieron a turbar la serenidad y la paz en nuestra casa" dijó ese día de 1906. Mano nera era el nombre dado a los grupos y clanes de criminales italianos dedicados mayormente a la extorsión a través de cartas anónimas con los cuales pedían de vagnari 'u pizzu, es decir mojar el pico (de aquí su etimología). Para el jefe de policía newyorkese, los italianos no tenían solamente una propensión al crimen. También al terrorismo. El general Bingham era un xenofobo. Pero no él solamente. Con sus incomprensibles dialectos, su cocina hedionda, sin un oficio, con una preocupante propensión a ignorar las leyes y su fé "papista" (nombre despreciativo dado a los católicos por una América todavía dominada por los protestantes), los inmigrantes italianos no se estaban integrando a la población local. Los títulos disparados en primera página sobre los crímenes cometidos por los "italianos" eran la norma. Tomemos el New York Times, periódico que algunos años antes había publicado un editorial sobre los italianos intitulado "Emigrantes no deseables", dónde nuestros connazionales venían definidos "miserables sobras sucias", holgazanees y criminales, ejemplares de la peor ralea de Italia". Más articulado el discurso hecho en un extenso artículo publicado por el mismo periódico dos meses después, 15 diciembre 1910. Allí citaba al banquero italo-americano Joseph Francolini, presidente del Italian Savings Bank, en el cual "Por el mismo bien de los italianos es necesario limitar la libertad que tienen en este país". Se daba espacio también a las observacioens del profesor Alberto Pecorini, sociólogo, que por años había estudiado la comunidad italiana de Little Italy, que sugería abrir escuelas nocturnas y agregaba: " Si a los ignorantes se da de comer y se les acoge con los brazos abiertos explicándoles como funcionan nuestras instituciones, verán que no pensarán en cometer fechorías retenidas peculiarmente italianas. La del profesor Pecorini fue una fuera del coro. Ante la creciente convicción que los italianos fueran "naturalmente llevados al criment" y "culturalmente encubridores", el Congreso americano decidió intervenir para frenar su llegada. Antes en 1921 y después en 1924 fueron aprobadas dos proyectos de ley con la idea de limitar la llegada de los italianos. El 1924 Immigration Act establecía nuevas cuotas para cada nacionalidad sobre la base de la presencia en el país registrada en el censimiento de 1890. Ya que la grande ola de italianos era iniciada diez años después, la ley de hecho anulaba los nuevos ingresos de Italia. Para tener una idea de su impacto, entre 1910 y 1920 (con la pausa del cuadrenio bélico), en Estados Unidos habín entrado por año una media de 285 mil italianos. Después de la reforma se redujeron a unos pocos miles. Que se trataba de una maniobra descriminatoria hacia los italianos no solo lo han sostenido los históricos. Lo dijeron también algunas voces (raras) de disenso en el Congreso. Entre éstas, la del deputado de Detroit Robert Clancy, un republicano de origen irlandés. "He oído con mis orejas, a ancianos habitantes de Detroit, irlandeses y alemanes, recordar las feroces disparadas propagandísticas contra la ola de inmigración de Irlanda y de Alemania de mitad del Ochocientos [...] cuando irlandeses y alemanes eran denucnados como porquería extranjera y amenaza a las instituciones [...] Hoy toca a los italianos [...] Estoy sorprendido del hecho que muchos miembros de esta Cámara, con apellidos que más irlandeses no se puede, hacen aquí carrera para ver quién es más violento con estos ataques. Los mismos ataques que su mismo pueblo fue víctima por siete sanguinarios siglos". Hoy en América hay ciudadanos de origen italiana que son alcaldes, gobernadores, senadores y ministros. En Italia, los mismos ataques que hace un siglo sufrín los italianos que buscaban una mejor vida en América son dirigidos a quién desembarca de países más pobres. Como diría Robert Clanzy: "es de quedar estupefactos". Traducción de MONDOLATINO |
Le reazioni di oggi alle "invasioni" degli "incivili" extracomunitari e quelle americane nei nostri confronti, un secolo fa. Stessa storia. C'è un problema che non si può più ignorare: l'immigrazione. È ora di dire basta, serrare i ranghi e chiudere le porte. Perché questa gente con noi non c'entra niente: venera un dio diverso dal nostro, parla una lingua diversa dalla nostra, veste in modo diverso dal nostro. Spesso sono veri e propri selvaggi. Quando no sono criminali. O addirittura terroristi. Occorre fermarli alle frontiere. Anzi, meglio nei porti di partenza. Ed estradare gli indesiderabili, rispedirli a casa loro. Quelli che rimangono, invece, devono integrarsi, non possono venire qui a pensare di mantenere usi e costumi di un mondo che non ci appartiene. Sono voluti venire qui da noi? Allora devono adeguarsi. Pontida 2009? No. New York 1909. Esattamente un secolo fa, nella già grande metropoli americana al centro del dibattito pubblico era la questione degli immigrati. Italiani. Che dall'inizio del nuovo secolo stavano arrivando a centinaia di migliaia all'anno. Legalmente, ma non sempre. L'agosto scorso, giorno in cui è entrato in vigore il disegno di legge che fa della clandestinità un reato, proprio a Pontida, in risposta a chi ricordava i 136 immigranti italiani morti nel crollo di una miniera di carbone a Marcinelle, in Belgio, il Ministro per le riforme Umberto Bossi ha detto: "Noi andavamo a lavorare, non ad ammazzare la gente". Ma è tutta questione di percezione. E basta ritrovare le cronache dei giornali e i commenti delle autorità di polizia di un secolo fa a New York per capire che la percezione di molti newyorkesi non era affatto quella che ha suggerito Bossi a Pontida. Tutt'altro. Cominciamo leggendo un passaggio di un articolo pubblicato sulla rivista North American Review dall'allora capo della polizia, il generale Theodore Bingham: "L'85% dei criminali newyorkesi sono di origine "esotica" [...] un quinto di loro sono italiani [...] marmaglia di miserabili farabutti, ex detenuti e latitanti". Quelle del capo della polizia erano parole pesantissime. Così pesanti da provocare lo sdegno di molti suoi concittadini e costringere il generale Bingham a porre formalmente le sue scuse. Ma era chiaro che quelle parole rappresentavano il suo pensiero, peraltro espresso in modo chiaro nella dichiarazione che fece in occasione della sua nomina a capo del Dipartimento di polizia di New York: "Da questo momento, l'obbiettivo della mia vita è quello di annientare la Mano Nera e distruggere quegli schifosi criminali che sono venuti a turbare la serenità e la pace di casa nostra", disse quel giorno del 1906. Mano nera era il nome dato a quel coacervo di gruppi e cosche di criminali italiani dediti per lo più all'estorsione attraverso lettere anonime con cui si chiedeva di vagnari 'u pizzu", e cioè bagnare il becco (ecco l'etimologia di pizzo). Per il capo della polizia newyorkese, gli italiani non avevano solo una propensione al crimine. Anche al terrorismo. Il generale Bingham era uno xenofobo. Ma tutt'altro che solo. Con i loro dialetti incomprensibili, la loro cucina maleodorante, senza un mestiere, con una preoccupante propensione a ignorare la legge e la loro fede "papista" (nome dispregiativo dato ai cattolici da un'America ancora dominata dai protestanti) gli immigrati italiani non si stavano integrando nella popolazione locale. I titoli sparati in prima pagina sui crimini commessi da "italiani" erano la norma. Prendiamo il New York Times, giornale che alcuni anni prima aveva pubblicato un editoriale sugli italiani intitolato "Emigranti non desiderati" dove i nostri connazionali venivano definiti "miserabili rimasugli sporchi, sfaticati e criminali, esemplari della peggior feccia dell'Italia". Più articolato il discorso fatto in un lungo articolo pubblicato dallo stesso quotidiano due mesi dopo, il 15 dicembre 1910. Lì si citava il banchiere italo-americano Joseph Francolini, presidente della Italian Savings Bank, secondo il quale "Per il bene stesso degli italiani occorre limitare la libertà che hanno in questo paese". Ma si dava spazio anche alle osservazioni del professor Alberto Pecorini, sociologo che per anni aveva studiato la comunità italiana di Little Italy, il quale suggeriva l'apertura di scuole serali e aggiungeva: "Se agli ignoranti si dà da mangiare e li si accoglie a braccia aperte spiegando loro come funzionano le nostre istituzioni, vedrete che non penseranno neppure a commettere misfatti ritenuti peculiarmente italiani". Quella del professor Pecorini fu però una voce fuori dal coro. E davanti alla crescente convinzione che gli italiani fossero "naturalmente portati al crimine" e "culturalmente omertosi", il Congresso americano decise di intervenire per frenare il loro afflusso. Prima nel 1921 e poi nel 1924 vennero approvati due disegni di legge intesi a limitare l'arrivo agli italiani. Il 1924 Immigration Act stabiliva nuove quote per ogni singola nazionalità sulla base della presenza nel paese registrata dal censimento del 1890. Poiché la grande ondata di italiani era partita dieci anni dopo, la legge di fatto azzerava i nuovi ingressi dall'Italia. Per avere un'idea del suo impatto, tra il 1910 e il 1920 (con la pausa del quadriennio bellico) negli Usa erano entrati in media 285mila italiani all'anno. Dopo la riforma si ridussero a poche migliaia. Che si trattasse di una manovra discriminatoria ai danni degli italiani non lo hanno sostenuto soltanto gli storici. Lo dissero anche alcune (rare) voci di dissenso dentro il Congresso. Tra queste, quella del deputato di Detroit Robert Clancy, un repubblicano di origine irlandese. "Ho sentito con le mie orecchie anziani abitanti di Detroit irlandesi e tedeschi ricordare le feroci sparate propagandistiche contro l'ondata di immigrazione dall'Irlanda e dalla Germania di metà Ottocento [...] quando irlandesi e tedeschi erano denunciati come schifezza straniera e minaccia per le istituzioni [...] Oggi tocca agli italiani [...] Sono allibito dal fatto che molti membri di questa Camera, con cognomi che più irlandesi non si può, facciano a gara su questo palco a chi è più violento in questi attacchi. Gli stessi attacchi di cui il loro stesso popolo è stato vittima per sette sanguinosi secoli". Oggi in America ci sono cittadini di origine italiana che sono sindaci, governatori, senatori e ministri. Nel Bel Paese, quegli stessi attacchi a cui un secolo fa erano sottoposti gli italiani che cercavano miglior vita in America sono rivolti a chi sbarca da paesi più poveri. Come direbbe Robert Clancy: "c'è da rimanere allibiti". |
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